Hay una pregunta que se hace quien pierde a su madrina y, poco después, a su oyubona. No es dónde comprar un Orisha ni quién le hace ahora una consulta. Es otra: ¿dónde está mi casa? Porque esa persona no perdió solo a dos mujeres queridas. Se quedó sin nadie que responda por ella, que le enseñe, que la corrija y que la despida el día que muera. Ahí se ve lo que es una casa religiosa. Mientras la tienes, parece un trámite. Cuando falta, descubres que era una familia.
Lo que es una casa religiosa
En lucumí la casa se llama ilé, y una casa religiosa es una familia con su orden. Arriba, el padrino o la madrina: quien te entregó tus Orishas o te hizo Ifá. A su lado, el segundo padrino, que en Osha es la oyubona y en Ifá el ojugbona; vigila tu camino y responde por ti junto con el primero. Alrededor, tus hermanos de religión. Y por encima de todos, los mayores: el padrino de tu padrino, el de aquel, y así hacia atrás, vivos y muertos. Esa cadena es tu linaje, y la nombras cada vez que haces tu Moyugba.
Entre hermanos manda la mayoría: mayor es quien llegó antes a la estera, aunque tenga menos años de vida que tú. Y el menor lo respeta no porque sea mejor persona, sino porque respetando a los mayores se respeta a Ifá. Una casa donde los menores se burlan de los mayores ya está rota, aunque nadie lo haya notado todavía.
En Obara Meyi nacen los maestros y la cadena de la enseñanza. Ese Odu advierte también que los compromisos que allí se contraen se vuelven contra quien los incumple: nadie debería prometer en una casa lo que no piensa cumplir. Una casa es eso, gente que enseña y gente que se compromete, eslabón tras eslabón. Si uno se rompe, el que viene detrás se queda sin nada.
Lo que se deben el padrino y el ahijado
El padrino tiene que enseñarte a vivir con lo que recibiste: cómo saludar a tus Orishas por la mañana, cuáles llevan agua, a cuáles se les pone corojo y a cuáles cacao, qué comen y qué tabúes tienen. Tiene que decirte con claridad qué puedes hacer y qué no según tu consagración, y de quién puedes recibir lo que él no tiene. Cuando eso se habla desde el primer día, se evita la mitad de las peleas que rompen las casas. Y lo que no tiene sentido es decirle al ahijado que no les haga nada a sus Orishas: si los recibió fue para atenderlos, no para adornar la sala. Si acabas de recibir tu mano de Orula, aquí tienes por dónde empezar, pero quien debe sentarse contigo a explicártelo es tu padrino.
El ahijado, a su vez, le debe al padrino un respeto parecido al que les debe a sus padres. Eso no lo convierte en su criado. El respeto va en las dos direcciones y empieza por lo más básico: que el padrino no engañe al ahijado para sacarle dinero. El que engaña pierde el derecho a exigir.
Obara Meyi cuenta la otra mitad. Un hijo de Orunmila aprendió Ifá con dos sacerdotes y, como no tenía con qué pagarles, les prometió mandarles su parte cuando empezara a ganar. Se marchó a otra tierra, llegó a ser un gran babalawo, ganó bien y se olvidó de ellos. Su vida se fue apagando hasta la miseria. Cuando por fin se consultó, le dijeron que tenía un compromiso pendiente; solo cuando ya no le quedaba nada volvió, hizo su ebó, les preparó un festejo a sus maestros, y la luz regresó.
Mira lo que enseña este patakí. El agradecimiento es la memoria del corazón, y quien olvida a quien le enseñó acaba a oscuras. Pero esto se lee mal muy a menudo: Ifá no le da a ningún padrino una ley para cobrarles cuotas a sus ahijados. El agradecimiento nace de la voluntad de quien lo siente. El padrino que usa este patakí para ponerle «multas» a su gente debería preguntarse antes cómo se portó él con sus propios mayores.
Enseñar no es un favor
El padrino está obligado a enseñar. En Ogunda Meyi el awó instruye a sus ahijados en las prácticas de Ifá y luego los mira trabajar para darles su aprobación; en Oyekun Meyi se condena el egoísmo del que no enseña a quienes deben heredar el conocimiento. Si no quieres enseñar, no tengas ahijados. Así de simple.
Y por enseñar no se cobra. Ifá no dice en ningún sitio que haya que pagarle a quien está obligado a enseñar. El ahijado lo paga de otra forma: con su presencia. Ayudando en la casa, pelando cocos, limpiando animales, estando cuando hace falta. Ahí el padrino comprueba si el ahijado tiene interés de verdad. Una casa seria tiene sus reuniones de estudio, donde los nuevos aprenden de los que van más adelantados. Tampoco se suelta todo de golpe: se enseña por pasos, conforme el ahijado demuestra lo que vale, y hay cosas que solo se oyen cuando uno se ha ganado el derecho a oírlas.
Del otro lado hace falta humildad. En Obara Oshe se cuenta de un muchacho torpe a quien Orunmila le mandó ir a su casa a menudo para enseñarle Ifá. El muchacho iba, pero a cada explicación contestaba que eso ya lo sabía. Orunmila se cansó, dejó de enseñarle, y el muchacho se quedó bruto. No por falta de maestro: por sobra de «ya lo sé».
La libreta
Lo que aprendes tiene que ir a tu libreta. En Odi Ogbe Olofin le dio a un awó tres virtudes para que las anunciara allá donde llegara, y le mandó escribirlas. El awó contestó que no hacía falta, que a él no se le olvidaba nada. Años después, entre guerra y destierro, las recitaba al revés y anunciaba lo contrario de lo que debía. Por eso se dice que esa es la tierra donde, para triunfar, todo hay que escribirlo. La libreta es la memoria de la casa puesta en tus manos.
Decir que «en esta religión todo se aprende pagando». Es la frase que más le gusta al religioso comerciante, porque con ella justifica cualquier cobro. Los derechos de una ceremonia existen y son justos; cobrar por enseñar lo que uno está obligado a enseñar, no.
Cómo se elige un padrino
Un padrino no se escoge porque viva a dos cuadras, ni porque sea famoso, ni porque cobre menos. Se escoge mirándolo vivir: cómo trata a sus ahijados, si enseña o se lo guarda todo, si trabaja acompañado de otros religiosos o se encierra solo a hacer lo que debería hacerse delante de varios, si contesta cuando lo llaman. El que todo lo arregla a gritos te está confesando que no supo enseñar. Más vale tardar un año en dar con una casa seria que arrepentirte el resto de tu vida, porque el lazo con tu padrino es para siempre y no se devuelve como una compra.
Tampoco se escoge padrino a distancia. Se ha puesto de moda consagrar en otro país a gente a la que nadie conoce, o irse lejos a consagrarse sin llevar a nadie que te represente, y volver sin quien te enseñe ni dé fe de lo que te hicieron. Esos ahijados acaban solos, haciendo disparates o tirando lo que recibieron. Ogunda Meyi enseña que hasta para entregar una mano de Orula se le pregunta a Ifá, y que el padrino supervisa y aprueba el trabajo de su ahijado. Nada de eso se hace por teléfono.
Lo malo, sin maestro se aprende.
Así lo dice Ojuani Ogbe, también llamado Ojuani Shobe, en una sola línea. Lo bueno hay que aprenderlo al lado de alguien.
Los derechos y el dinero
El sacerdote tiene derecho a cobrar por su trabajo. Nadie vive del aire, y una ceremonia cuesta: animales, materiales, horas y el derecho de cada uno de los que participan. Pero antes de cobrar hay que hacerse una pregunta: derecho de qué. El derecho se gana con conocimiento. Quien cobra por un sacrificio en el que dio el animal equivocado, o del sexo equivocado porque no sabe distinguirlo, no cobra un derecho: cobra un fraude. Y quien monta matanzas de decenas de animales que Ifá no pidió, solo para cobrar más, convierte la religión en un matadero.
Ofun Obara lo cuenta con un patakí que todo babalawo debería tener presente. Orunmila tenía un discípulo muy inteligente, pero interesado. Un día Oduduwa necesitó registrarse, no encontró al awó que lo atendía siempre y fue a parar a casa de aquel discípulo, que le pidió para el ebó bastante más de lo debido. Por el camino, Ozun se extrañó de ver tantos animales, y Eleguá, que oyó los rezos, descubrió el engaño y fue a avisar. Cuando llegaron, el discípulo tenía las manos agarrotadas y llenas de llagas y no podía acabar el ebó. Lo terminó el awó honrado, que le explicó que Ifá condena al que falsea el signo, y le mandó repartir entre los Orishas todo lo que había pedido de más. Orunmila lo perdonó, pero le quedó un dedo torcido para que no olvidara nunca lo que hizo. Ese mismo Odu advierte contra la avaricia, y en Ojuani Iwori, también llamado Ojuani Tanshela, Ifá le dijo a Ikan, el dueño de la montaña de maíz, que diera a cada uno lo que necesitaba; Ikan no hizo caso y fue Eshu quien lo tumbó de la montaña. La avaricia pierde al awó.
El religioso comerciante trabaja siempre igual. Empieza por ver un problema donde el Orisha no vio nada; antes de resolvértelo, averigua cuánto puedes pagar; y cada trabajo trae otro detrás, como el coche que te venden y luego te cobran aparte los asientos y las ruedas. A ese no le interesas como ahijado: le interesas como alcancía.
El lazo, y cuándo un ahijado se va
Irete Ogunda, también llamado Irete Kutan, cierra la ceremonia en la que el alawó recibe su cuchillo, y lo que enseña es que el ahijado necesita a su padrino incluso después de muerto. Allí nace que el padrino salva al ahijado: Ifá le dice a la persona que, cuando se vea en apuros, llame a su padrino aunque ya no viva, que vendrá. También se dice en Ifá que fue tu padrino quien te amarró las manos en tu consagración, y que a él le corresponde desatarlas. Por eso esta relación es la raíz de tu vida religiosa y nunca termina del todo: llegue adonde llegue un babalawo, sigue rindiéndole moforibale a su padrino y a su ojugbona.
Y sin embargo, a veces un ahijado se va. Muchos Odu hablan de esa separación, y Oyekun Meyi la marca, casi siempre por desagradecimiento hacia quien enseñó. Pero también hay padrinos que empujan a irse: el que engaña, el que cobra lo que no hace, el que abusa, el que nunca enseña. Te lo digo como hermano: irse de una casa así no es traición. Es salud.
Lo que importa es cómo te vas. Obara Oshe habla también de un awó muy estudioso que daba clases a sus ahijados; uno destacaba sobre los demás, pero conforme aprendía fue tramando quedarse con el templo de su maestro. El awó lo presintió, se miró con Ifá, hizo su ebó, y el alumno acabó yéndose a otra tierra. Que un ahijado crezca y haga su camino es natural, como los hijos que dejan la casa de sus padres. Lo que no tiene nombre bonito es llevarte lo que no es tuyo: atraer a los ahijados de tu padrino, competir con él usando lo que él te enseñó, hablar mal de él para quitarle su gente. Eso se paga, tarde o temprano. Si te vas, vete de frente, dando la cara y sin llevarte nada ajeno.
Y algo para el que recibe a un ahijado de otra casa. Cada casa responde por lo suyo. Si ves cosas que no te cuadran en lo que le hicieron, no corras a desmontarlo todo para «arreglarlo», y menos a cobrarle por ello: lo que no se hizo en una ceremonia no se hace después, y no hay mecánicos de ceremonias. Puedes tener tu criterio, pero juzgar el fundamento ajeno sin pruebas es soberbia, y la soberbia en religión se paga cara.
Los conflictos dentro de la casa
En una casa hay roces. Es normal. Lo que no es normal es arreglarlos a gritos, con chismes o amenazando con brujería. Un mayor de verdad no admite chismes en su casa, y cuando dos de los suyos tienen un problema no los escucha por separado, porque así solo oiría dos historias distintas. Nuestros mayores lo resumen en una máxima: quien se enoja con sus hermanos se queda sin la bendición de Ifá. Y Iwori Oyekun enseña que los babalawos no se van a las manos. El sacerdote que pelea a golpes con su hermano de religión ya perdió la discusión, tenga la razón que tenga.
Para eso existe lo que llamamos sentarse. Las dos partes se sientan frente a los mayores y cada una cuenta lo suyo mirando a los viejos, no al otro, sin que nadie interrumpa. Casi siempre basta con eso: dicho todo en voz alta, cada uno recapacita y el asunto se arregla solo. Si no, el mayor aconseja según quién tenga razón; si el caso es difícil, los mayores deliberan, y si aun así no se ve claro, se le pregunta al oráculo.
Si tu madrina murió
Vuelvo a quien se quedó sin madrina y sin oyubona. Lo primero: no se quedó sin raíz. Su madrina sigue siendo su madrina; no se cambia, se nombra. Desde ese día entra en su Moyugba con su Ibae, igual que la oyubona, y vale para ella lo que enseña Irete Ogunda: llámala aunque esté muerta, que acudirá.
Lo segundo: lo que recibió no se borra. Sus Orishas siguen siendo suyos y siguen hablando para él. Hay quien, porque murió la madrina, le exige al ahijado una ceremonia para «quitarles las lágrimas» a sus propios Orishas. En mi casa no se hace así: esa ceremonia es para los Orishas del difunto que pasan a otras manos, porque el que murió era su protegido. Los del ahijado están para él, y él sigue vivo.
Lo tercero: cumplir con ella. Los ahijados son los hijos del muerto en la religión, y su sitio está en el Itutu y en las honras. Y lo cuarto: buscar sin prisa quien le siga enseñando, primero dentro de la familia religiosa de su madrina y, si no queda nadie, en una casa seria, con mayores capaces de mirar lo que tiene y de responder por él de ahí en adelante. Todo lo que se vaya a hacer con él se pregunta antes, como enseña Okana Iroso. En Ifá el camino está marcado: quien le entrega el cuchillo a un babalawo se convierte en su padrino. En Osha, si hace falta alguna ceremonia y quién pasa a responder por él lo dispone cada casa y lo enseña su nuevo mayor. Lo que nadie debe hacer es improvisarlo, y mucho menos cobrarle por «arreglar» lo que no está roto.
Preguntas frecuentes
¿Pueden el padrino y la oyubona tener asentado el mismo Orisha que se va a consagrar?
Sí. Hay quien sostiene que los dos mayores no pueden tener el Orisha que se le va a hacer al ahijado, y eso no tiene fundamento. Al contrario: quienes llevan asentado ese Orisha tienen su ashé directo. Lo que sí se hace, como en toda consagración, son los ebós y las ceremonias previas que se les marquen a los que van a consagrar, para que estén protegidos.
¿Tengo que pagarle a mi padrino por enseñarme?
No. Los derechos de una ceremonia son justos y se pagan; la enseñanza es una obligación del padrino y no se cobra. El ahijado la paga con su presencia: ayudando en la casa, pelando cocos, limpiando animales, estudiando en las reuniones de la casa y estando cuando hace falta. Si alguien te repite que «todo se aprende pagando», ya sabes qué clase de religioso tienes delante.
Si murió mi madrina, ¿tengo que cambiar de madrina?
No. Tu madrina no se cambia: se nombra en tu Moyugba con su Ibae, y acude cuando la llamas. Tus Orishas siguen siendo tuyos. Lo que sí necesitas es buscar con calma quien te siga enseñando y responda por ti, primero en la familia religiosa de tu madrina y, si no queda nadie, en una casa seria. Y todo lo que se vaya a hacer contigo se pregunta antes.
Una casa no se mide por el número de ahijados ni por el tamaño del cuarto de los Orishas. Se mide por lo que sale de ella. Los ahijados de un padrino serio acaban pareciéndose a él: saludan como él, estudian como él, respetan como él. Los de un padrino que engaña, también. Así que antes de preguntarte qué casa quieres, pregúntate qué casa estás dejando tú.
Dice Ifá en Ogunda Meyi: La rama cortada y transplantada, reproduce semejante a su tronco.
Si quieres seguir aprendiendo cómo se vive esta religión desde dentro, tienes la guía Camino a la Regla de Osha e Ifá y las secciones de Osha e Ifá de este sitio, donde explico paso a paso lo que un ahijado debería saber antes de sentarse en la estera.



