El coco rueda por el suelo porque un día se creyó más que los demás. Así lo cuenta el patakí. Obí vivía en lo alto, blanco por fuera y por dentro, porque Olofin lo tenía por un hombre justo, y Eleguá le hacía los mandados. Pero Obí solo se trataba con gente fina y rica, y cuando mandó a Eleguá a invitar a una fiesta, este le llenó la casa de pobres, de enfermos y de borrachos. Obí lo echó. Más tarde Olofin tocó a su puerta vestido de mendigo, y Obí le dio la espalda para que no le manchara la ropa. Cuando reconoció su voz ya era tarde: por su vanidad, Obí quedó oscuro por fuera, rodando por el suelo delante de Eleguá y obligado a decir siempre la verdad.
Por eso lo que dice el coco no se discute. Y por eso insisto en que se dé bien: parece lo más fácil de la religión, y es ahí donde se nota quién aprendió de verdad.
Por qué el coco habla
Ese patakí explica el castigo. El poder lo explica otro, que está en Eyiogbe. Al principio cada Orisha se entendía a su manera con sus hijos y no había un camino común para llegar a todos. Obí, que quería reivindicarse ante Olofin, se ofreció a servir de puente, y en su casa se reunieron los Orishas en consejo. Allí Obatalá dejó establecido que el coco uniría el cielo con la tierra y que ningún Orisha podría negarse a oír lo que el hombre le preguntara por ese medio. Todos aceptaron menos Babalú Ayé, que dejó dicho que su Itá no lo rendiría por el coco. Ese día Obatalá dijo una frase que conviene grabarse.
Obí un soro, obí kosi ofo: las palabras del coco no se pierden.
El papel del coco como puente entre los Orishas, Ifá y el hombre nace en Eyiogbe. Su arte, con las letras que afirman, niegan o piden otra tirada, nace en Oshe Irete, también llamado Oshe Bile.
En tierra yoruba se emplea la nuez de kola. En Cuba no la había, y nuestros mayores pusieron el coco en su lugar sin cambiarle el nombre: seguimos diciendo obí. Eso es una adaptación, no un invento, porque conserva el fundamento y cambia solo el material. A los cuatro pedazos que se tiran se les llama obinú.
Las cinco letras del coco
El coco tiene cinco letras, ni una más, y se leen contando cuántos pedazos caen con lo blanco hacia arriba.
- Alafia: los cuatro blancos arriba. Quiere decir paz y responde que sí. Se le dan gracias a Obatalá, que puso a Obí de mensajero.
- Itawa, que también oirás como Etawa u Otawa: tres blancos y uno oscuro. Quiere decir «tres están». Responde «es posible» y se vuelve a tirar.
- Eyeife: dos blancos y dos oscuros. Es el sí más firme que da el coco.
- Okana: uno blanco y tres oscuros. Es no.
- Oyekun: los cuatro oscuros. Es el no rotundo.
Mucha gente confunde Itawa con Okana: en Itawa hay tres blancos; en Okana, uno solo. Itawa es la vanidad del coco, la letra que engaña, y por eso puede salvar o matar. Como no da firmeza, es la única que Ifá manda repetir, y al tirar de nuevo cumples la condena de Olofin: hacer rodar a Obí otra vez. Decide la segunda tirada: Alafia, Eyeife o un nuevo Itawa confirman; Okana u Oyekun niegan.
Eyeife es la justeza, el equilibrio exacto entre lo blanco y lo oscuro. Hay quien lo tiene apuntado como un sí débil, y es al revés: cuando sale Eyeife, no hay más que preguntar. Okana es un no que avisa, a menudo de que algo falta o no está correcto y hay que mirar qué pasa antes de continuar; en esa letra se le pide a Changó que se lleve las pérdidas. Oyekun, el no rotundo, es la letra de la muerte: lo que estás haciendo no debe continuar, y en muchas casas lo primero es ver si Eggun reclama algo. Cada letra, salvo Oyekun, tiene su rezo corto, y en mi casa se dicen.
Volver a tirar en Alafia. Hay tratados que mandan repetir cuando salen los cuatro blancos, como si Alafia no fuera segura, y ningún Odu lo respalda. Oshe Irete es claro: la única letra que se repite es Itawa. Dos letras dicen sí, dos dicen no y la quinta queda en el medio para desempatar; si repites Alafia, rompes ese equilibrio.
Antes de tirar: permiso, Moyugba y el rezo del coco
El coco no se tira en frío. Primero se pide permiso con la Moyugba: el agua a la tierra; el saludo a todos los Eggun, como manda Irete Osa; Olofin, Olorun y Olodumare; los muertos de tu linaje; los mayores vivos; y al final los Orishas. Sin Moyugba no hay coco. Luego, sobre el fundamento, se dejan caer trocitos de cada obinú, tantos como marca el número del Orisha; se le canta su alabanza y se reza Oshe Irete.
Presta atención a esto. El rezo de Oshe Irete no va dirigido al Orisha, al que ya invocaste con su alabanza, sino al dueño del oráculo del coco, para que dé firmeza a lo que caiga. Por eso es el mismo para todos, le tires a quien le tires. En él se nombra a Adiatoto y a Alakentu, que se llaman como los hijos de ese dueño, de los que te hablo más abajo.
Con los muertos cambia todo, empezando por el Oshe Irete, que es distinto. Los obinú van al suelo, frente a la teja, en línea y boca abajo, y lo que se dice en cada letra se aprende de frente con el padrino. En mi casa, además, las mujeres viran la cara y no miran el coco cuando se le da a Eggun; no es superstición, nace en Irete Iwori. Y al tirarle coco a Ozun, el que está presente levanta el pie izquierdo.
¿Quién puede tirar coco?
El que está consagrado. Así de simple.
Ya sé que esto molesta. Hay aleyos que llevan años con sus guerreros y quieren hacer las cosas como se debe. Te lo digo como hermano: justamente porque quieres hacerlo bien, espera a estar consagrado para tirarle coco a tus Orishas. Ningún oráculo reconoce a un neófito. Aprende las letras, pero para entender lo que ves en las ceremonias, no para tirar tú solo. Saber no es hacer.
«Tengo a Eleguá en casa, pero no estoy consagrado. Sin coco, ¿cómo sé si le gusta lo que le pongo?». Atiéndelo tal como te enseñó tu padrino: lo que le toca, el día que le toca y del modo que él te mostró. Si te entra la duda, llévale la pregunta a tu padrino, que sí puede darle coco; eso forma parte de su tarea contigo. Y si nunca saca tiempo para hacerlo, la falla no está en el coco.
Los errores más comunes: lo que el coco no es
El coco no sirve para consultar. Contesta sí o no a preguntas puntuales, casi siempre ceremoniales: si la ofrenda es aceptada, si el Orisha quiere el animal, si se puede continuar. No marca ebó ni aclara si alguien viene en iré o en osogbo. Si cuatro pedazos bastaran para ver a fondo una vida, sobrarían el Diloggún e Ifá. Hay quien «registra» con coco para decidir si apadrina a alguien y, cuando sale mal, culpa al Orisha. Ni el Orisha ni el coco tuvieron la culpa: la tuvo quien escogió una herramienta que no era para ese trabajo.
Las letras no cambian según el Orisha. Oirás que, cuando cae Oyekun, el muerto está diciendo que sí, y también que tal letra cambia de sentido con tal Orisha. Nada de eso está en Oshe Irete, un Odu que ni siquiera trata de los Orishas, sino de qué Odu de Ifá dan a cada letra su fuerza para afirmar, negar o pedir otra tirada. Torcer una letra para oír lo que conviene es de lo más peligroso que puede hacerse en la estera.
El coco no se lee por la forma. Hay quien se fija en cómo quedan los pedazos o hacia dónde señalan y asegura que así habla tal Orisha. Ningún Odu sostiene esa lectura, ni la tradición que recibimos de nuestros mayores. Si te la ofrecen como un secreto guardado, no la compres.
Preguntar «¿falta algo?» no abre todas las puertas. Es muy común: el Orisha contesta que no y alguien pregunta al momento si le falta algo, esperando sacarle el sí por otro lado. Lo que pide una obra se reúne antes de empezarla; si faltaba algo al comenzar, el descuido fue tuyo. Lo que hay que averiguar es la razón del no: a veces el Orisha no quiere que el animal se sacrifique, sino que viva en la casa como guardiero. Y si todo se hizo completo y la negativa se mantiene, deja de insistir y vuelve a mirar a la persona con el oráculo mayor. Un no es un no.
El coco a Orula es otra cosa
A casi todos los Orishas se les da coco de una misma manera. Con Orula todo cambia: su coco es el más elaborado, y ninguna ceremonia de Ifá puede hacerse sin él, ni siquiera una sencilla bajada de Orula.
Lo dan tres babalawos como mínimo, el mismo número que pide la entrega de una mano de Orula. El mayor se sienta detrás del tablero: dirige, llama a Orunmila y lleva la Moyugba. Los otros dos se arrodillan en una estera frente a él: a la derecha, el que le sigue en mayoría, representando a Ogbe Osa; a la izquierda, el menor, representando a Ogbe Odi.
¿Por qué tres? Porque imitamos lo que Ifá nos cuenta, e Ifá siempre habla de tres: tres fueron los primeros babalawos, tres los hijos del dueño del coco y tres los Odu de un registro. Además, a Orunmila se le llama golpeando el tablero con el irofá, como manda Irete Okana, y el que llama no puede tirar.
Todo va en par, porque a Orula se le habla en Meyi: dos velas y dos platos blancos con los cocos. Eshu va a la derecha y Ozun a la izquierda. Las velas se encienden rezando Ojuani Iroso, el Odu donde nace prenderles velas a los Orishas, a Orunmila y a los Eggun. El canto de la llamada a Orunmila y los que se cruzan los dos awó no se ponen por escrito: se aprenden de oído, junto al padrino y los mayores.
Orula no responde con letras: responde con un Odu
Este es el punto que distingue a quien sabe de quien repite. Cuando Orunmila recibe su coco, no contesta con Alafia, Itawa, Eyeife, Okana ni Oyekun: contesta con un Odu de Ifá. Si alguien que se presenta como babalawo te cuenta que Orula «le dio Alafia», ya sabes con quién hablas.
La razón está en la historia del oráculo. El coco tuvo un dueño, un awó llamado Biewegbon, que recibió de Olodumare el poder de adivinar con los pedazos y repartió sus secretos entre sus tres hijos. Alafia, con el poder de Eyiogbe, fue para el mayor. Eyeife, con el de Iwori, Odi, Iroso, Ojuani, Oshe y Ofun, para el segundo. Itawa, con el de Ogunda, Osa, Otura e Irete, para el tercero. Okana, con el de Okana, Otrupon, Ika y Obara, se lo enseñó a los tres. Y Oyekun, el que lo niega todo, se lo guardó hasta pasárselo al mayor, el único que no se apartó de su lado.
Aquí está el fondo del asunto. Ninguna letra habla con voz propia: se la presta un grupo de Odu de Ifá, y en ese sentido las letras descienden de los Odu. Orunmila es el dueño de todos ellos, así que cuando recibe su coco no le responde una letra, sino el Odu entero, y ese Odu avisa a los awó de cómo se presenta la ceremonia. Por eso tiene sentido reunir a tres babalawos, dos que tiran y uno que llama: nadie montaría todo eso para recibir una letra sencilla.
Hay otra prueba en Ogunda Meyi. Al bajar a la tierra, Orunmila le dio coco al suelo con dos juegos, cuatro pedazos en cada mano, los mismos que hoy tiran los dos awó. Cuando ese Odu sale en el coco a Orunmila, se hace su rezo, y Ogunda Meyi no figura entre las cinco letras: es un Odu de Ifá.
Preguntas frecuentes
¿Qué quiere decir Itawa y por qué hay que volver a tirar?
Itawa son tres blancos y uno oscuro, y quiere decir «tres están». Es la vanidad del coco: no da firmeza, solo deja abierta la posibilidad, y por eso Oshe Irete manda tirar de nuevo. Si en la segunda cae otra vez Itawa, o sale Alafia o Eyeife, la respuesta es afirmativa; con Okana u Oyekun, es negativa.
¿Puedo darle coco a mis guerreros si todavía no estoy consagrado?
No. El aleyo no da coco. Es una herramienta sacerdotal, y ningún oráculo reconoce a quien no tiene consagración para usarla. Aprende las letras para entender las ceremonias, atiende a tus Orishas como te enseñó tu padrino y, si quieres saber si están conformes, pídele a él que les dé coco.
¿Por qué dicen que Orula no da Alafia?
Porque Orunmila no responde con las cinco letras, sino con un Odu de Ifá. Las letras deben su voz a grupos de Odu, y el dueño de todos ellos habla con el Odu completo; eso es lo que da sentido a una ceremonia tan elaborada. Que la den tres babalawos como mínimo tiene otra raíz: Ifá siempre habla de tres, como los tres primeros babalawos, los tres hijos del dueño del coco y los tres Odu de un registro.
Vuelve al patakí del principio. Olofin le quitó a Obí el lugar alto, pero le dejó una obligación que sigue cumpliendo cada vez que cuatro pedazos tocan la tierra: decir la verdad. Por eso, cuando algo sale torcido con el coco, no se mira al coco, sino a la mano que lo tiró. Repetir Alafia, torcer una letra, pedirle lo que toca al Diloggún o a Ifá, insistir tras un no: todos esos errores nacen de querer que el coco diga lo que uno espera. Obí bajó al suelo por soberbia, y esa soberbia no tiene sitio en la estera. Cuatro pedazos de coco parecen poca cosa, pero lo que dicen es palabra de Orisha, y así hay que tratarlos.
Dice Ifá en Oshe Irete: El Awó no engaña al aleyo, para que el Ángel de la Guarda de este no le cobre el engaño.
Si quieres seguir aprendiendo con orden, tienes la guía Camino a la Regla de Osha e Ifá, escrita con el mismo criterio que este artículo: lo que dicen los Odu y lo que enseña la casa.



