Si has pasado cinco minutos cerca de una casa de santo, la habrás oído mil veces: «eso tiene ashé», «fulana tiene ashé», «pide el ashé de tus mayores». Pero si preguntas qué es exactamente el ashé, las respuestas se vuelven vagas. Hoy ordenamos este concepto — probablemente el más importante de toda la religión yoruba.
La fuerza que hace que las cosas sucedan
El ashé (aché, às̩e̩) es el poder de realización: la fuerza divina que hace que las cosas sucedan, que lo dicho se cumpla y que lo hecho tenga efecto. Procede de Olodumare, que lo depositó en toda su creación — pero no en la misma medida ni de la misma forma. Hay ashé en las hierbas (por eso trabajamos con ewe), en los animales, en las piedras, en los lugares, en las personas y, por supuesto, en los orishas, cada uno con el suyo propio: el ashé de Ochún no es el de Oggún, y por eso cada uno resuelve lo que le corresponde.
La palabra: el ashé en su forma más pura
Si hay un lugar donde el ashé se concentra, es en la palabra. Cuando el mayor bendice —«ashé para ti»—, cuando se reza un súyere, cuando el babalawo pronuncia los rezos de un odù, se está soltando poder de realización al mundo. De ahí la seriedad con la que nuestra religión trata lo hablado: la bendición y la maldición no son «palabras que se lleva el viento», sino ashé en movimiento. Y de ahí también que a los mayores se les pida la bendición y se les responda con respeto: su ashé, acumulado en años de consagración y buen vivir, respalda lo que dicen.
El ashé se recibe, se acumula… y se gasta
Todo consagrado recibe ashé en sus ceremonias — de hecho, en la iniciación se recibe literalmente el ashé del santo. Pero la tradición es clara en algo que incomoda: el ashé también se cultiva y también se pierde. Se cultiva con el estudio, la obediencia, los ebbó a tiempo y sobre todo con el iwá pelé, el buen carácter. Se malgasta con la soberbia, la mentira, el incumplimiento y el mal manejo de lo sagrado. Por eso hay religiosos de años sin fuerza y recién llegados a los que todo se les da: el ashé no es antigüedad, es conducta.
Un ejemplo hermoso de esta lógica lo vimos al hablar de las Iyami Osoronga: el Ajé, el poder de las Madres, es descrito por los estudiosos precisamente como «una forma de ashé» — un poder que se transmite, se despierta y se administra. Todo en nuestra religión, visto de cerca, es administración de ashé.
«Los orishas son energías»: por qué esta frase se queda corta
Ahora puedes entender por qué en nuestro artículo de mitos urbanos rechazamos la moda de llamar «energías» a los orishas. Lo que tiene de verdad esa frase es esto: los orishas tienen y administran ashé, y su ashé se siente. Pero ellos son divinidades con historia, carácter y voluntad — no una batería cósmica. La palabra correcta para «la energía» de nuestra religión ya existe desde hace siglos, es yoruba y es más precisa que cualquier préstamo new age: ashé.
Vivir con ashé
Que no se te quede en teoría. Vivir con ashé es hablar con cuidado porque tu palabra tiene poder; pedir la bendición a tus mayores y darla a quien te la pide; cumplir lo que el oráculo te marca; tratar lo sagrado como sagrado; y trabajar tu carácter, que es donde el ashé se multiplica o se fuga. Como decimos al cerrar nuestros rezos: ashé para ti que llegaste hasta aquí leyendo.
Sigue tu camino de estudio en los fundamentos básicos, los orishas principales y el catálogo de los 256 odù de Ifá.
Fuentes de estudio consultadas: materiales de la Sociedad Yoruba de México y de Águila de Ifá sobre el ashé y el Ajé; corpus de Ifá afrocubano; tradición oral de la Regla de Osha. Redacción propia de Ofún Oshé.
