El sol, la luna y las estrellas salieron de unas jarras de sangre. Así lo cuenta Ifá en Ogbe Ofun, y por ahí quiero empezar, porque de todo lo que hacemos en la religión, dar sangre es lo que más se discute. Hay quien pregunta si de verdad hace falta matar un animal, si no alcanzaría con la fe, y ya hay consagrados que sostienen que los Orishas pueden ser «veganos». La duda es legítima. Despacharla con un «porque siempre se hizo así» no lo es. Quien se pone delante de un Orisha con un cuchillo tiene que saber por qué lo hace, con qué derecho y qué no se hace nunca. Si no lo sabe, eso no es un sacrificio. Es otra cosa.
Qué se da de verdad cuando se da sangre
Lo primero: el sacrificio es propiciatorio, no una varita mágica. Si alguien busca trabajo y le da un chivo a Eshu, pero después se queda en la cama, el trabajo no va a llamar a su puerta. El sacrificio prepara el terreno, Eshu acomoda las circunstancias y el camino lo recorre la persona. Por eso el consejo que da Ifá, el Orisha o el Eggun es tan parte del ebó como el animal. Si te dicen que no salgas de noche y sales, el ebó quedó cojo. Sacrificar también es dejar de hacer.
Ogbe Irete es el Odu donde nace el sacrificio de animales. Ogbe Ofun explica por qué tiene que ser sangre y no otra cosa, y Osa Meyi, por qué la sangre da la vida: el primer cuerpo humano se levantó cuando Osa Meyi puso en su sangre una esfera de vida.
Vuelvo al patakí del principio. Al comienzo el mundo estaba a oscuras, y Eyiogbe le pidió permiso a Olofin para hacer el sol, la luna y las estrellas. Olofin le dio el permiso y a Eleguá de ayudante. Eyiogbe se miró con Ifá, le salió Ogbe Ofun y se le marcó ebó: Eleguá juntó los animales, Eyiogbe sacrificó y repartió la sangre entre los Orishas. Después la recogió en jarras, sopló sobre ellas y se las llevó a Olofin, que vio cómo aquella sangre se volvía sol, luna y estrellas, y dejó dicho que desde ese día los Orishas tomarían sangre para resolver las dificultades.
Ese patakí enseña que para las obras grandes hace falta una fuerza que solo lleva la sangre. Y tiene un detalle: Eyiogbe le llevó la sangre a Olofin como testimonio. Por eso en un ebó va un poco de sangre de los animales y no solo sus plumas: las plumas le piden a Olodumare que reponga la especie; la sangre demuestra que el sacrificio se hizo.
Más vale que corra la sangre del animal que la tuya.
Esa frase se la oirás a cualquier mayor. Muchas veces el animal entrega su vida en lugar de la persona. Ese cambio de una vida por otra nace en Iroso Oyekun, donde Ikú come animales por primera vez, y queda sellado en Irete Meyi: allí Ikú se compromete con Orunmila a no sorprender al que sacrifica, y allí los Orishas y Orunmila acuerdan ofrecer animales y no personas.
Cada Orisha con su animal
No cualquier animal sirve para cualquier Orisha. Eyiogbe fija qué animales están consagrados a los Orishas y Oshe Meyi hace el reparto, Orisha por Orisha. Por dar una idea de lo más frecuente: Eleguá come chivo y gallo; Obatalá, chiva y gallina blanca; Changó, carnero; Yemayá, carnero y pato; Orula, chiva y gallina negra. Pero esa lista orienta, no manda. Manda el Odu, que afina tamaño, edad, color y sexo. Ogbe Irete enseña, por ejemplo, que a Eleguá no se le da chivo grande.
El sexo tampoco es un detalle: Ogún, Changó y Eleguá comen machos. La paloma no enseña por fuera si es macho o hembra, y el que no sabe distinguirla y se fía del vendedor acaba poniéndole una hembra a Ogún. Y delante de un Orisha no llega nunca un animal enfermo, cojo o moribundo: si para tu mesa eliges lo mejor, para tu Orisha también. A las aves, además, se les lavan el pico y las patas antes del sacrificio, para purificarlas, como manda Eyiogbe.
Cómo se sacrifica y cómo se cierra
Nada se sacrifica si Orunmila, o el Orisha por su oráculo, no lo ha marcado. Matar un animal sin ese permiso no es sacrificar: es quitar una vida. Sacrificar pide consagración, conocimiento y una Moyugba que dé cuenta a Olofin, a los Orishas y a los Eggun del motivo por el que se entrega esa vida. Los animales tienen jerarquía, del carnero arriba a la codorniz abajo, y al marcar esa escalera se sube, nunca se baja: si ya marcaste un gallo, no puedes pedir después una codorniz. Y como al Orisha que come cuatro patas luego se le refresca con aves, en la matanza el cuatro patas va primero.
La estructura se aprende al lado del padrino o del oriaté, y no se improvisa. Primero se le anuncia al Orisha qué va a recibir, de parte de quién y con qué fin. Se presentan los animales a la persona. Se le da coco al Orisha para preguntarle si acepta; si la respuesta es no, ahí se para. Si acepta, otros sacerdotes sujetan al animal y corta quien tiene el derecho, entre cantos, de modo que la sangre caiga sobre el Orisha. Con las aves se hace lo que nace en Ogbe Iroso: los presentes se pasan plumas por el cuerpo y las sueltan sobre el Orisha, y con esas mismas plumas se recoge del suelo la sangre; eso es lo que llamamos tapar la sangre. Los iñales, las vísceras que le tocan al Orisha, se cocinan y se le ponen delante, porque la vida va en ellos; su origen está en Irete Ogunda, también llamado Irete Kutan. Terminada la matanza, quien cortó suelta el cuchillo a un lado y dice «Ogún lokuao»: fue Ogún quien lo mató. El metal tiene dueño, y la responsabilidad es suya. Y se cierra con coco, como manda Otrupon Ofun.
Matar, echar la sangre, preguntar el camino del animal y recoger, sin plumas, sin iñales y sin el coco que cierra. Eso no es un sacrificio incompleto: es una carnicería con prisa. Al Orisha se le entrega la ceremonia entera.
Cuando la matanza ha sido grande, sobre todo si hubo cuatro patas, se cierra con el Fifeto: se sacrifica una guinea y su sangre se les da a los cuchillos que trabajaron, puestos delante de Ogún, para comunicarle que el derramamiento de sangre terminó. Nace en Ogunda Irete, también llamado Ogunda Kete, y su patakí explica por qué el cuchillo es de Ogún pero la mano no. Ogún, que en los toques de tambor caía en trance y hacía daño sin saberlo, llegó a matar con su machete a Toshe, la hija de Olokun. Al volver en sí fue con Orunmila ante Olofin, que le dijo que seguía siendo el dueño del machete y del cuchillo, pero que en ceremonia ya no los empuñaría él, sino Orunmila y sus hijos.
Detente en esto. Olofin no le quitó el cuchillo a Ogún: le retiró la mano, porque un cuchillo en manos de quien no se domina hace correr sangre que no debía correr, aunque sea el dueño quien lo empuñe. Ceremonia que se abre, ceremonia que se cierra.
Quién come primero
Este es un punto de doctrina de mi casa. El orden es fijo. Primero come Ogún, porque el cuchillo es suyo y no hay sacrificio que no se haga con su metal. La primera gota cae a la tierra, y la tierra es de Orisha Oko: él es el segundo. Después come Eleguá. A Eleguá se le llama y se le saluda primero, pero una cosa es invocar primero y otra comer primero.
Alguien me dirá que eso choca con Ogunda Irete, si la mano quedó en Orunmila y en los suyos. No choca, encaja. El cuchillo es de Ogún; la mano es del awó, o del olorisha que tenga su derecho de cuchillo. Come primero el dueño del instrumento, y el derecho del que lo empuña no desplaza a Ogún de su sitio. Piensa en el vecino que te presta una herramienta: el trabajo lo haces tú, pero a quien primero le das las gracias es al dueño.
Orisha Oko también tiene su razón de estar ahí. Alimentar a la tierra es potestad de Ifá, y el olorisha llega a ella a través de Orisha Oko. En el Kariosha, que dirige el oriaté, la matanza sigue el mismo principio: abre Ogún, sigue Orisha Oko y después Eleguá; luego comen los demás Orishas, y el último en comer es siempre el ángel de la guarda del iyawó. En otras casas abren Eleguá y los guerreros. Lo respeto, porque cada casa responde por lo suyo, y en el final coincidimos todos: el ángel de la guarda cierra.
Quién tiene derecho al cuchillo
Nadie sacrifica sin derecho, y ese derecho tiene tres nombres. En Ifá se llama Obe Ka Panadu, aunque muchos lo conocen como Kuanaldo: es la ceremonia en que el alawó, el recién consagrado en Ifá, recibe el cuchillo y deja de ser alawó para ser babalawo. Obara Okana fija que no puede recibirse antes de cumplir un año en Ifá, y en ese año el alawó tiene que aprender, entre otras cosas, a marcar el ebó de tablero y a rezarlo de memoria. Si no lo aprendió, no hay cuchillo. Mientras no lo tiene, el alawó no sacrifica cuatro patas: ayuda, sujeta, mira y aprende.
En Osha se llama Pinaldo, y es el cuchillo del olorisha. Se recibe una vez cumplido el año de santo, en una ceremonia en la que, al sacrificar el cuatro patas, la mano del que recibe va sobre la del oriaté que corta, y encima de las dos se posa la del padrino. Sobre el Pinaldo hay dos lecturas: en muchas casas se entiende que habilita al olorisha para sacrificar cuatro patas a sus propios Orishas; en otras es una confirmación que va unida al ebó del año, no una licencia para matar. Las dos lecturas se respetan. El tercer nombre es el ashogún: los hijos de Ogún, sean babalawos u olorishas, que por ser hijos de quien son tienen derecho de cuchillo.
Y ahora lo que no admite discusión. El aleyo no sacrifica nada: ni a sus guerreros, ni a su Eleguá, ni a ninguna otra cosa que tenga recibida. El «cuchillo de aleyo» no existe; si te lo vendieron, te vendieron un invento. Tener Awofakan o Ikofá tampoco te hace sacerdote, así que tampoco sacrificas. Y el olorisha no sacrifica a los Orishas entregados por Ifá: de esos se ocupa el babalawo. Por último, aprender no es estar autorizado.
«Tengo guerreros y mi Eleguá pide un pollito. ¿Puedo dárselo yo mismo?» No. Te lo digo como hermano: si tu Eleguá pide un animal, quien se lo da es tu padrino, o quien él disponga, porque tiene la consagración y la Moyugba para hacerlo. A ti te toca presentar, pedir y aprender mirando. Lo que sí puedes ponerle tú es su adimú.
Ni carnicería ni Orishas veganos
Al sacrificio se le puede faltar por dos lados. El primero es hacer del cuarto un matadero, con decenas de animales que ningún Odu pidió y que se marcan porque hay que cobrar. Ifá lo cuenta en Ofun Obara. Un discípulo de Orunmila registró a Oduduwa y le pidió muchos más animales de los que había marcado el Odu. Eleguá vio el engaño y fue a avisar, y cuando llegaron los mayores el discípulo tenía las manos agarrotadas y no podía terminar el ebó. Tuvo que repartir entre quienes correspondía lo que había pedido de más; las manos se le curaron y Orunmila lo perdonó, pero se le quedó un dedo torcido para que no se le olvidara. Lo que le pasó fue la consecuencia de falsear la palabra de Ifá, no un capricho. Marcar un animal que el Odu no pidió es quedarse con lo ajeno.
El segundo va en sentido contrario: sostener que los Orishas pueden pasar sin sangre. No pueden. Ogbe Ofun explica por qué la toman y Osa Meyi por qué da vida. Quitarle la sangre al Orisha es quitarle su propia naturaleza, y una consagración sin animales, por bonita que quede, no es una consagración. Dicho esto, no todo problema pide sangre. Ifá cuenta con adimú, baños, rogaciones y muchos ebós que no llevan animales, y lo que hace falta lo decide Orunmila, no el bolsillo ni el gusto del sacerdote. De todo eso hablo en el artículo sobre el ebó, sus tipos y por qué a veces falla.
Preguntas frecuentes
¿Qué pasa si hago el ebó pero no sigo el consejo que me dieron?
El ebó queda cojo. El consejo de Ifá, del Orisha o del Eggun cuenta en el ebó lo mismo que el animal. Si te dijeron que no salieras de noche y saliste, no esperes que la sangre haga el trabajo que tú no hiciste.
¿Por qué se le arrancan plumas o pelo al animal antes de sacrificarlo?
Para avisar a Olodumare. Según Oyekun Meyi, cuando Olodumare llamó a lo que había creado, los animales no acudieron y solo acudió el ser humano. Por eso le permitió sacrificarlos cuando Ifá se los pidiera, pero nunca para él, porque el que crea no se alimenta de lo que creó. Las plumas o el pelo son el aviso para que reponga la especie.
¿Qué se hace con la carne del animal?
Los iñales son del Orisha, y a veces también la cabeza: en Ogbe Iroso, a Changó se le deja delante la del carnero. Para el resto se pregunta el camino del animal. En una consagración, la alashé limpia y cocina los animales que comieron los Orishas, y el consagrado come su parte. El animal que se usó para limpiar a alguien, el que se llevó su osogbo, no se come: va adonde diga el oráculo.
Quien sacrifica sostiene dos vidas a la vez: la del animal que muere y la de la persona por la que muere. Al que no le pese eso, que no tenga cuchillo. Y al que le pese tanto que prefiera una religión inventada, sin sangre, tampoco. El sacrificio bien hecho respeta las dos vidas: lo marca Ifá, lleva el animal que corresponde, sigue su orden y se hace completo y con la cabeza baja. Lo demás es querer arrancarles a los Orishas lo que ellos no quieren entregar.
Dice Ifá en Ogbe Ofun: La bendición de Olofin no puede ser forzada.
Si quieres seguir aprendiendo, en la guía Camino a la Regla de Osha e Ifá explico el sacrificio y el ebó a fondo, con todo lo que en un artículo no cabe.



